Opiniones

La nueva educación. ¿Lo nuevo siempre es lo mejor?

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En Cataluña llevamos ya varias semanas revolucionados del todo por diversos motivos políticos que están repercutiendo de manera muy negativa en la educación pública. Al hilo de esta polémica, de nuestras huelgas sin fin y de las constantes demandas que son ignoradas por el Consejero de Educación, he recordado que tenía en el tintero mi reseña sobre el libro La nueva educación. Los retos y desafíos de un maestro de hoy, de César Bona. Bona es un maestro de primaria que hace unos años salió del anonimato al convertirse en candidato a los premios Global Teacher Prize a mejor docente a nivel mundial. No logró ganarlo, pero se situó entre los 50 mejores y en la primera plana del panorama educativo español. He leído ya un par de libros suyos y, si bien hay aspectos que me convencen, porque hace gala de un sentido común y una lógica aplastante, otros se escapan a la realidad que percibo en las aulas de mi zona. 

La nueva educación ¿a quién debería beneficiar?

Al alumnado ¿no? Y por extensión a toda la sociedad, puesto que los estudiantes de hoy serán los profesionales del mañana y toda la inversión hecha en su formación tendrá sus resultados. ¿El problema? Que estos frutos se obtienen en un plazo de tiempo tan largo que en España los planes educativos son atropellados por el gobierno de turno en cada legislatura. Se aprueban nuevas leyes educativas promovidas por expertos y gurús, que jamás han puesto un pie en un aula de primaria o de secundaria, y se desoyen las quejas de los docentes y los equipos directivos, que son quienes mejor conocen al alumnado y sus familias. 

La obsesión por el curriculum y los contenidos

En este punto estoy de acuerdo con Bona porque, debido a esa persecución burocrática que sufrimos los docentes, parece que cada sesión de clase deba estar pautada y planificada al minuto. ¡No vaya a ser que no lleguemos al final del libro o que se queden 3 sesiones de la programación colgadas y sin empezar! Y luego topas con la vida cotidiana, que te empuja a hacer cambios diarios y a retrasar esa supuesta programación perfecta que tenías en tu cabeza, en tu aplicación molona para docentes modernos o  incluso impresa, a la espera de que un día pase un inspector que te dé un susto. Solo en este curso he “perdido” horas completas de clase por motivos de lo más variopinto: porque mi tutoría ha sido acusada de un pésimo comportamiento y había que encarrilarlos con conversaciones íntimas; porque la guerra entre Rusia y Ucrania me traía a niños llorosos a clase ¿y cómo me iba a empecinar en diferenciar el diptongo y el hiato ante criaturas que pensaban que en el momento menos pensado un señor con armamento nos podría apuntar a nosotros?; porque el centro ha celebrado fiestas de lo más variopintas que han caído en mi hora (posado fotográfico en el patio por el Día de la Mujer; ensayos de bailes de carnaval; charlas sobre temáticas variadas de interés para los adolescentes como personas humanas y no como meros estudiantes…). Pero de todo esto ¡se puede aprender algo! Vale que no estará íntimamente relacionado con la lengua castellana y la literatura, pero ¿quién dice que alejarlos de las drogas o formarlos en la igualdad es menos importante que la ortografía?

Enseñar y aprender de forma recíproca

No sé qué pensarás tú, pero yo aprendo cosas de lo más diverso rodeada de jóvenes que dominan temas que solo me suenan de oídas y que han llegado a apasionarme una vez metida en hondura. Desde una criatura que me confesó sus planes de futuro para dedicarse al scam (delitos cibernéticos) hasta el aprendizaje sobre diversos trastornos de personalidad. En ocasiones, ¡resulta hasta fácil ampliar las miras de nuestra materia para vincularla con esos intereses particulares para despertar su curiosidad y que las clases fluyan de una forma más amena! Bona habla de la necesidad del respeto, la empatía y la sensibilidad hacia nuestro alumnado porque, aunque sean menores, no deberíamos considerar que tenemos una posición superior a la de ellos. A mí me está funcionando bastante bien dejar el autoritarismo fuera de clase y he visto cómo daban bastante mal resultado las imposiciones soberbias de otros compañeros ante un mismo grupo de alumnos. Eso sí, ¡lo difícil está en encontrar la clave de lo que funciona con un grupo en concreto!

Profesores quemados con la nueva educación

En La nueva educación, Bona propone una serie de trabajos por proyectos que no he visto que funcionen ni en el colegio de mis hijos ni en los centros de secundaria que he pisado. En la mayoría se vende la idea de los proyectos de una forma equivocada y, a día de hoy, el profesorado no cuenta con horas suficiente para coordinar este tipo de enseñanzas, que no dependen de un único profesor, ni de un departamento concreto, sino que implica una interrelación de materias difícil de lograr. Más allá de los conocimientos teóricos que se presuponen a un maestro o profesor, de esa vocación que suele ser imprescindible para bregar con criaturas a diario, se requiere tener una actitud muy positiva, una predisposición a trabajar mucho más de lo que marca el horario, un esfuerzo e implicación constantes y una ilusión que comienza a venirse abajo con el pasar de los meses y de los años. Bona declara que no deben existir los docentes quemados, sin embargo, si echas un vistazo a tu alrededor, ¿no conoces a más de uno en esta situación? Los niños suelen ser los menos culpables, pero las familias, los problemas entre compañeros, las presiones de los equipos directivos, las limitaciones en la libertad de cátedra, la inestabilidad laboral del personal interino, la asfixia del papeleo que nadie lee ¿sigo? Son aspectos que nos afectan como personas y que pueden resultar muy difíciles de dejar al margen de nuestras clases.

En definitiva, La nueva educación me ha parecido una obra reflexiva que defiende un modelo educativo no otan modernos sino bastante tradicional. Una vuelta al sentido común, un alejamiento de la burocracia inservible para dar cabida a un contacto más humano con el alumnado. Eso sí, no esperes proyectos de trabajo detallados ni grandes ideas con actividades pautadas para aplicar de forma práctica en clase. El libro te hará pensar sobre cómo estás viviendo tú la docencia en estos días, lo que teniendo en cuenta la aceleración de nuestras vidas ya puede resultarnos de utilidad para saber en qué punto del camino estamos y si nos hemos desviado de nuestro ideal como profesores. ¿Tienes alguna otra lectura recomendada para frenar y analizar qué está ocurriendo en nuestras aulas?

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